miércoles, 18 de diciembre de 2013

Partícula "Dei"...




No hubo sorpresas, el Premio Nobel de Física ha ido a parar a los Sres. Peter Higgs y François Englert, y desde que han descubierto la “maldita” partícula, no he dejado de ganar peso.
Este extraño fenómeno coincide con otro no menos importante: el de que posiblemente se esté escribiendo un nuevo capítulo en la física de lo muy pequeño. Tranquilos…, no colaboro en ello.
Hace tiempo que los físicos se preguntaban: ¿Por qué el mundo está hecho de materia? ¿Cuál es el origen de la masa de los cuerpos? ¿Por qué partículas como los electrones o los protones tienen masa y otras como los fotones o el gravitón no la tienen? (esta última es la supuesta partícula responsable por producir la gravedad, y de momento una mera especulación).
De todos estos temas se suelen ocupar los físicos teóricos, personas con la desfachatez suficiente para pensar sobre todo lo que existe, o sea, el mismísimo universo.
En 1964 aparecen algunas soluciones matemáticamente sólidas a la pregunta de por qué las cosas de este mundo tienen masa.
Todas eran muy parecidas, pero a la del Sr. Higgs muchos de sus colegas no dudaran en afirmar: vaya…, que solución más “elegante”.
Su idea era esta: hay en el universo una “entidad omnipresente” que interactúa con todo lo existente. Si buscamos algo familiar, este campo puede ser entendido como el agua del mar (el campo) por donde nadan los distintos peces (las partículas).
Los distintos peces tienen distintas velocidades en función de cómo interactúan con ella. Un cuerpo más hidrodinámico puede moverse con mayor velocidad (un atún) que otro menos capacitado para esto (una medusa).
De esta manera, la masa de cada partícula estaría causada por la interacción (fricción) con el campo de Higgs. Cuánta más fricción más masa… Y si este campo no estuviera ahí, las partículas formadas después del Big-Bang estarían viajando a la velocidad de la luz. Así, todas serian iguales, el universo no se hubiera “coagulado” y la materia no existiría tal y como la conocemos.
Otra analogía: hay gente que todavía tiene miedo a los aparatos de microondas porque creen que modifican negativamente los alimentos. También afirman que a su alrededor existe un campo “energético” nocivo para la salud; el campo electromagnético.
Bueno, si suponemos que algo está relacionado con la existencia de este campo (el microondas), ¿Quién lo está con el campo de Higgs?
Como de costumbre, hay que encontrar un culpable y se propone la llamada partícula de Higgs, o más correctamente, el  “bosón de Higgs”, sin duda, la partícula más buscada de la historia.
De todas las maneras su idea no fue recibida de inmediato como algo revolucionario y Higgs, sin molestarse, siguió plácidamente con su vida académica, sus pasiones musicales y practicando algo de senderismo.
Además, era probable que tal partícula sufriera de una elevada fobia social y solamente se dejara ver por un tiempo no superior a una milmillonésima de una milmillonésima de segundos; su vida media.
Para confirmar o no su existencia había que contar con la ayuda de la mayor herramienta construida jamás por los seres humanos, el acelerador de partículas LCH del CERN. En él es posible alcanzar intensidades de energías similares a las que existían en tiempos muy próximos a la “creación” del universo.
Solamente con valores tan elevados es posible encontrar su rastro.
Finalmente en el 4 de julio del año pasado, los científicos responsables del gigantesco aparato anunciaran que estaban casi seguros de que la habían encontrado. Y la probabilidad de que realmente lo fuera era muy elevada: 99.9994%.
Como podemos ver, en ciencia casi nadie suele hablar de certezas “absolutas”, lo que permite a sus críticos afirmar a menudo que la misma no trae certeza de nada. Parece que no se equivocan, pero lo hacen de forma errónea. En fin, mala filosofía.

martes, 17 de diciembre de 2013

Inocencia...




Hay objetos estelares que poseen una masa (y energía) tan grande, que provocan una enorme deformación en el espacio-tiempo a su alrededor. Su gravedad es tan intensa que la “geometría” del entorno se describe como un embudo muy empinado. Capaces de devorar todo lo que se acerque lo suficiente a ellos, los agujeros negros dan lugar a efectos muy extraños en su proximidad, como ralentizar el tiempo o impedir que hasta la luz pueda escapar de su interior.
Una vez dentro…, no hay retorno.