domingo, 16 de junio de 2013

Horror Vacui, 3ª parte.





Según una vieja leyenda, un famoso guerrero va de visita a la casa de un maestro Zen. Al llegar se presenta a éste, contándole de todos los títulos y aprendizajes que ha obtenido en años de sacrificados y largos estudios. Después de tan sesuda presentación, le explica que ha venido a verlo para que le enseñe los secretos del conocimiento Zen.
Con respecto, este se le limita a invitarlo a sentarse y ofrecerle una taza de té.
Aparentemente distraído y sin dar muestras de mayor preocupación, el maestro vierte té en la taza del guerrero, y continúa vertiendo té aún después de que la taza está llena. Consternado, el guerrero le advierte al maestro que la taza ya está llena, y que el té se escurre por la mesa.
El maestro le responde con tranquilidad:
—Exactamente,
al igual que esta taza, usted está lleno de sus opiniones. ¿Cómo podría mostrarle lo que es el camino del Zen si primero no vacía su taza?

Casi podemos decir que la física trata al vacío cuántico como una substancia que posee una cantidad de energía muy baja (y por supuesto con algo equivalente de materia) y aclara que si no fuera así el universo estaría obligado a ser otra cosa distinta a la que conocemos.
O simplemente sería imposible que existiera algo.
En los laboratorios de altas energías (CERN, Fermilab, KRK …) hay un gran dominio del vacío y las teorías que lo describen prevén fenómenos jamás soñados por la ciencia ficción.
Y paralelamente, parece como si la vida diaria apoyara hace mucho un concepto que tiene menos de un siglo, siendo habitual que nos refiramos a la nada como a la ausencia de algo: no hay nada en la nevera, a esta pared le falta algo (cuadros, estantes…), no hay nada en mi cartera, etc.
A los gestaltistas también les gusta hablar del vacío, de la nada, que para mí tiene mucho que ver con el siempre presente “tener que hacer algo para evadirnos de lo que sucede”, un nada que me asusta, una falta de significado(s), miedo a los caminos desconocidos, a lo que me hace carente.
A este vacío lo denominaba Perls, el vacío estéril.
Y como le gustaba el tema de las polaridades, enfatizaba a menudo su importancia no solamente para acentuar el valor de la diferenciación como también para promover la posibilidad de una integración de los opuestos.
A la otra polaridad la llamó vacío fértil, en referencia al contacto con este vacío en que no está presente la necesidad de hacer algo para escapar de él, bastando a principio estar atento a lo que ocurre en el aquí y ahora, sin expectativas, juicios o comparaciones. Esto puede dar lugar a un nada distinto, lleno de potencialidades y que surge del puro darse cuenta (el “continuum of awareness”). De esta actitud de atención y cuidado puede que finalmente surja algo nuevo, autentico y natural.
Era tal la importancia de le daba a la experiencia de la nada en el proceso terapéutico que Claudio Naranjo afirmar que Perls llegó a definir la terapia gestáltica como “la transformación del vacío estéril en el vacío fértil”, el puente que une los dos lados de las orillas donde están la evitación y el contacto.
Tanto el  budismo zen como el taoísmo han contribuido al desarrollo de este concepto gestáltico. En el zen la vacuidad es denominada “ku” y puede ser entendida como “pura potencialidad”, que no es buena ni mala y es la generadora de todos los fenómenos que antecede a toda creación. Para el taoísmo “más allá del pensamiento y la palabra está el Tao, sin origen ni forma (Lao Tse)”.
¿Es de extrañar entonces que Perls haya pasado dos meses en un monasterio japonés practicando meditación zen?