jueves, 21 de febrero de 2013

Fantasía.



                            El miedo es una emoción necesaria, pero…


domingo, 10 de febrero de 2013

Horror Vacui, 2ª parte.




Como comenté en otro post, el concepto de vacío (la nada) como un espacio privado de materia ha sido muy debatido ya por los filósofos presocráticos pero estuvo olvidado durante unos centenares de años, hasta que en la Edad Media, con el redescubrimiento de Aristóteles, el tema volvió a despertar pasión.
A partir del Renacimiento los estudios empíricos fueron bien detallados y las aportaciones de Baliani, Galileu, Torricelli, Descartes, culminan con las apuradas ecuaciones de Maxwell, Einstein, y toda la física cuántica donde el vacío es analizado profundamente.
Si para un filósofo el tema puede dar para mucho (¿puede algo ser y no ser?, ¿es la nada el “elemento” sobre el cual se sostiene la existencia?) para un físico es probable que el problema de la nada sea apenas semántico ya que este concepto ha sido formado con base a nuestra experiencia cotidiana, la que permite imaginar que entre dos objetos que tengo frente a mi puedo crear un entorno de espacio vacío, sin nada.
Pero otro experimento mental puede indicar otra cosa.
Imaginemos que cojo el primer transbordador espacial de turno y voy al espacio fuera de la tierra. Hecho una mirada a mi alrededor y sigo viendo las estrellas y galaxias porque el espacio está lleno de luz estelar (campos electromagnéticos visibles). También puedo percibir que los distintos astros (planetas, estrellas, cometas) ejercen sobre mí una atracción; el espacio está lleno de campos gravitacionales.
Con estos ejemplos podemos ver la lógica que está por detrás: por las experiencias que hago puedo saber que en un determinado lugar no hay ciertas cosas (por ej. que en el espacio no hay una atmosfera como la de la tierra), el nada relativo. Pero no puedo demonstrar que no haya absolutamente nada en un determinado sitio, el nada absoluto.
Por más que aísle una región del espacio, por más que elimine por completo todo el aire, luz o gravedad que interfieran en ella, la teoría sostiene y los experimentos así lo confirman: en este “vacío” hay un continuo mar burbujeante de partículas y antipartículas que surgen de la nada y vuelven rápidamente a desaparecer. Surgen espontáneamente, son efímeras, no las vemos, pero sabemos de su existencia de manera indirecta (efecto Casimir).
Así, en las teorías de la física moderna, fundamentadas empíricamente de manera muy sólida, el vacío contiene algo de lo que no lo podemos vaciar, posee una densidad de energía mínima  (vacío cuántico), que con un comportamiento inestable y caótico, observamos la existencia de fenómenos atómicos y subatómicos que no tienen detrás de sí una causa, no porque no la conozcamos  o esté oculta para siempre de nosotros, y si porque no necesitan un “antes” para que existan.
Y si es así, podemos tener aquí una buena teoría; la de que nuestro universo no hubiera sido más que una fluctuación quántica ocurrida hace unos 13.700 millones de años atrás.
Vale recordar que la palabra nada proviene etnológicamente de la palabra latina “res nata”, cosa nacida, como si la nada diera permiso a que surgiera algo de ella.



Solitario.



“Las águilas vuelan en solitario, los cuervos en bandadas”
(Buster Keaton)

domingo, 3 de febrero de 2013

La razón es...






Es un proceso que se ha repetido incansablemente a lo largo de nuestra historia: utilizar lo racional (presentar razones) para “acomodar” lo que sucede a nuestro alrededor, logrando así la justificativa a la hora de satisfacer nuestras pasiones, emociones, deseos o cualquier otra palabra que elijamos para hablar de lo que nos impulsa a la acción. Y muchas veces importa poco que la validez de esas bases haya sido sometida a comprobaciones mínimamente rigurosas.
Si lo miramos con lupa de biólogo, encontramos una serie de mecanismos neuronales que han sido modulados por la selección natural con la ventaja adaptativa de que fuéramos socialmente hábiles, y no con el “propósito” de hacernos lógicos y racionales.
Sabemos hoy que algunos de estos mecanismos también han permitido a los humanos la capacidad de aprender conceptos abstractos tales como las proposiciones lógicas y el raciocinio formal. Así, la racionalidad que pueda tener un homo sapiens actual no tiene un origen esencialmente genético y  por eso hace falta, por ejemplo, un gran esfuerzo educativo para obtener resultados satisfactorios en este campo (aunque muchos todavía no se hayan dado cuenta de ello…). Lo racional parece ser que ha sido una obra más del acaso, un mero efecto colateral, una feliz coincidencia en el desarrollo de nuestro cerebro y que nos ha llevado hasta aquí.
Y sin existir todavía los conocimientos derivados de la genética, no andaba muy lejos de ello David Hume cuando afirmó que “la razón es, y solo debería ser, esclava de las pasiones”, dando a entender que la razón no es la causa que motiva a la acción sino un regulador y que necesitamos a las pasiones para motivar a las acciones.
Menos mal que lo hacemos, ya que una parte importante de lo positivo que hemos hecho a lo largo de la historia es fruto de satisfacer las más variadas necesidades no solo emocionales como también de conocimiento, aventura, diversión, seguridad, etc.
Podemos buscar cuales son los mejores métodos para que una sociedad sea más justa, pero lo que nos guía hacia ahí solo puede ser determinado por lo que queremos como seres humanos.
¿Y que nos hace humanos?
Bueno, los humanos somos primates (pero somos “Homo”) con algunos pequeños cambios genéticos que permiten a su vez mucha posibilidad para liberarnos del imperativo biológico instintivo propio de la especie, tanto en la bonanza como en la adversidad.