domingo, 27 de enero de 2013

Horror Vacui, 1ª parte.



Parodiando la máxima que afirma que “primero hay que vivir y después filosofar”, los antiguos filósofos griegos crearon la que decía, “primero hay que filosofar y después trabajar”. Tenían así la excusa perfecta para pasarse tardes enteras charlando de un tema fundamental: averiguar de qué substancia fue hecho el mundo y de qué manera estaban constituidos los objetos (la materia).
Leucipo, Demócrito y Epicuro defendían que a medida que cortamos un objeto en partes cada vez más pequeñas llegará un momento en que ya no podamos dividirlo más, habremos llegado a unas partículas indivisibles e indestructibles que nos rodean por todas partes, los átomos; que se movían en un espacio vacío y según como se combinaban daban origen a los distintos cuerpos.
Por otra parte y como siempre pasa, estaban Platón, Aristóteles y sus seguidores defendiendo que al dividir más y más la materia llegaría  el momento en que no podríamos dividir más por falta de instrumentos para la tarea, pero sería posible seguir así infinitamente ya que la materia es continua y llena todo el espacio que existe. Si es así no hace falta la noción de “la nada” y Aristóteles deja claro aquello de “la Naturaleza siente horror al vacío” (horror vacui).
Aunque se esforzaron lo que pudieron, no encontraron una respuesta adecuada pero dejaron la semilla sobre el tema.
Las ideas de que no existe el vacío dominaron la cultura especulativa durante centenares de años y hubo de esperar hasta 1808 para que John Dalton presentara el primer modelo atómico con base empírica (científica), después de tomar tazas y tazas de té a la hora que le apetecía ya que no existía la costumbre actual del “afternoon tea”.
De manera que hace poco que sabemos que la idea del átomo no está mal y que estos finalmente no son indivisibles: dentro de ellos hay electrones, protones y neutrones y que los dos últimos también están formados por otras partículas llamadas quark.
¿Y que sabemos hoy de lo que hay entre cada uno de los átomos? ¿Cómo queda el “vacío”?
Miremos al Diario El País:
“Saquemos los muebles de la habitación, apaguemos las luces y vayámonos. Sellemos el recinto, enfriemos las paredes al cero absoluto y extraigamos hasta la última molécula de aire, de modo que dentro no quede nada. ¿Nada? No, estrictamente hablando lo que hemos preparado es un volumen lleno de vacío. Y digo lleno con propiedad. Quizás el segundo más sorprendente descubrimiento de la física es que el vacío, aparentemente, no es la nada, sino una substancia. Aunque no como las otras… Sería una substancia llena de densidad de energía. Al punto tal que hoy, los cosmólogos tendrían proyectadas muchas observaciones para averiguar si la expansión acelerada del universo se debe a la energía del vacío…”
Efectivamente, la física moderna (cuántica) dejó claro en el siglo pasado que el vacío no es “nada”. 
Ya en el trabajo terapeutico observamos que en general, el miedo
al vacío “no produce nada”.
(continuará…)

domingo, 20 de enero de 2013

Perspectivas



Creo que todos estamos inmersos en una misma realidad.
Y también según vayan nuestros deseos, emociones, prejuicios, vivencias... entran en juego aquello de que “la realidad depende del cristal con que se la mire”.
Y tú ¿Cómo ves a la realidad de los dos personajes?

martes, 15 de enero de 2013

Un físico en Esalen





En la década de los 60, en el Instituto Esalen, Claudio Naranjo aprendió Gestalt en los seminarios y cursos de entrenamiento dirigidos por Fritz Perls que rápidamente convirtió al Instituto en una especie de meca de la Gestalt.
Heredero de la actitud terapéutica de Perls, Claudio no deja de insistir en que le miremos como modelo del quehacer gestáltico, en cuanto a que actuaba según los principios que defendía, haciéndose responsable tanto de sus tendencias neuróticas como de la práctica de vivir sanamente.
Perls decía de sí mismo, “soy mitad hijo de dios y mitad hijo de puta”.
En el mundo de la física encontramos su análogo en Richard Feynman, de quien decían que era “mitad genio, mitad bufón”.
Los dos tenían en comun esa capacidad de penetrar en lo esencial de las cosas y de vivir sin ataduras a los convencionalismos, de manera que para Feynman recibir el premio Nobel no significó más que un montón de recepciones, enredos burocráticos y fiestas a las que asistir sin ganas.
Un día, movido por la curiosidad, visitó el instituto fundado por MIchael Murphy y Dick Price en Big Sur (California).
“Hay en Esalen unos grandes baños, alimentados por fuentes termales, que manan de una vena situada a unos diez metros por encima del océano. Una de mis experiencias más gratas ha sido la de sentarme en uno de esos baños y contemplar las olas estrellarse contra las rocas del litoral a mis pies, dejar que la mirada se pierda en el claro azul, o estudiar una beldad desnuda que tranquilamente aparece y se instala en el baño conmigo. En una ocasión tomé asiento en un baño donde estaban sentados ya una joven preciosa y un hombre que no parecía conocerla. Inmediatamente empiezo a pensar: "¡Caramba! ¿Cómo me las voy a apañar para entablar conversación con esta nenita tan mona y tan desnudita?” Y mientras pienso qué le puedo decir, el tío sentado a su lado le dice: ¡Yo... uh...estudio masaje! ¿Me permitirías practicar contigo?" "¡Claro!", contesta ella. Salen del baño, y ella se echa en decúbito supino sobre una mesa de masaje que había cerca. Yo pienso para mis adentros: "¡Vaya entrada más original y más fina! A mí nunca se me hubiera ocurrido nada por el estilo." El tipo empieza a masajearle el dedo gordo del pie. "Me parece que lo siento -le dice a ella-. Siento una especie de hendidura, ¿es eso la pituitaria? “Y yo le espetó: "¡Estás a un par de kilómetros de la pituitaria, tío! “Ambos me miran, horrorizados -acabo de hacer trizas mi excusa para estar allí- y añado: "¡Es reflexología!" Rápidamente cerré los ojos y fingí estar meditando.”
El texto anterior está extraído de “¿Está Vd. De broma, Sr. Feynman?”, una colección hecha por su amigo y biógrafo Ralph Leighton, donde la diplomacia es muchas veces ignorada y las cosa son dichas como las siente.

domingo, 6 de enero de 2013

El terapeuta ideal



Son condiciones necesarias (pero no suficientes), que el terapeuta posea tres competencias relacionales (Rogers, 1951): Aceptación, que es el interés que el terapeuta muestra hacia su cliente y sus problemas, Empatía (1) como la capacidad de poder comprender a las personas más allá de lo que ellas expresan (“ponerse en los zapatos del otro”) y Autenticidad, como la franqueza del terapeuta con el paciente, para que este tenga una imagen realistas de lo que puede y no puede esperar sobre el terapeuta o la terapia. 
Todo y así es bastante habitual que el cliente pida algo más, al punto de que Leonard Krasner dice con ironía:
"El terapeuta ideal es: maduro, bien adaptado, compasivo, tolerante, paciente, amable, discreto, que no elabore juicios de valor, aceptante, permisivo, no crítico, cálido, agradable, interesado en los seres humanos, respetuoso, que estime y trabaje por una relación interpersonal democrática con todas las personas, libre de prejuicios raciales y religiosos, que tenga una meta valiosa en la vida, amistoso, alentador, optimista, fuerte, inteligente, sabio, curioso, creativo, artístico, orientado hacia la ciencia, competente, confiable, un modelo que el paciente pueda seguir, lleno de recursos, sensible en términos emocionales, consciente acerca de si mismo, perspicaz acerca de sus propios problemas, espontaneo, con sentido del humor, que se sienta seguro de su persona, maduro acerca del sexo, que crezca y madure de las experiencias vitales, que tenga una alta tolerancia a la frustración , confiado en sí mismo, relajado, objetivo, auto analítico, consciente de sus prejuicios, no servil, humilde, escéptico pero no pesimista o modesto...... del cual se puede depender, consistente , abierto, honesto, franco, con gran preparación técnica, dedicado en un sentido profesional y encantador" (History of Behavior Modification). 


(1)  En Gestalt utilizamos más la palabra “simpatía” (sentir con), que denota una atitud mucho más activa por parte del terapeuta.